El dibujo del arquitecto
Una reflexión
La delicada situación en la que se encuentra la Arquitectura hoy se manifiesta en la ausencia de un mínimo acuerdo sobre lo que ésta representa y la relación que establece con cuanto ha significado hasta ahora. El espíritu técnico que la invade, la insistencia de las instituciones por disolverla e integrarla entre las ingenierías, su creciente normativización, incluso el desacierto de algunos sectores del propio oficio por fragmentarla ya sea por escalas o por antigüedad – urbanismo y arquitectura, obra nueva y restauración – y de cosificarla mediante adjetivaciones perversas – bioclimática, pasiva, paramétrica… – ha dinamitado su significado, hasta el punto de volverla irreconocible.
Y es que coincidimos con Teodoro Anasagasti cuando señalaba hace ya casi un siglo que la arquitectura “es en sus principios esencial” y que con la “baraúnda de tanta preparación – con la carga de tantos apéndices técnicos y obstáculos normativos, actualizaríamos nosotros – se la deprime y aniquila”. Tal nos parece que sigue ocurriendo, de un modo más intenso y normalizado si cabe, tanto en la enseñanza en nuestras escuelas como en el ejercicio diario del oficio. Enseñanza y oficio que, frente a este desorden, frente a la amenaza que supone la continua parcelación y ultraespecialización de los conocimientos que forman parte la Arquitectura, deberían buscar certezas, reagruparse en torno a los tres pilares que han servido de fundamento a nuestro oficio desde sus orígenes: el dibujo, el proyecto y la construcción, a los que el resto de conocimientos – cuyo valor no negamos – deberían servir y estar subordinados. La historia y la composición – entendidas como soporte activo del oficio – a las dos primeras y el resto de los conocimientos técnicos, en cuanto disciplinas útiles para resolver las funciones y problemáticas concretas de la arquitectura, a la construcción.
Este equilibrio – ahora roto – que consideramos indispensable a la hora de transmitir una idea concreta de nuestro oficio a las siguientes generaciones de arquitectos cobra más importancia a la hora de afrontar el propio ejercicio del oficio con una cierta responsabilidad y coherencia. Frente a la técnica y la burocracia que han desvirtuado nuestro trabajo expandiendo hasta lo inconcebible las tareas normativas y administrativas, resulta imprescindible buscar puntos de apoyo, soportes con los que dar espacio, y sobre todo tiempo, a un ejercicio pausado y consciente del oficio.
Es en este contexto que consideramos indispensable el papel del dibujo para la labor cotidiana del arquitecto. Un dibujo entendido más allá de su cometido más pragmático – la de definir y comunicar el proyecto – sino desempeñado como fin en sí mismo. Dibujo como medio por el que encauzar el “pensar de los ojos” y el “pensar de la mano” (Spengler, 1947: 30), con el que dar espacio y vida a las ideas, con la que superar y trascender los cometidos mundanos – ajenos a cuanto significa y requiere la arquitectura – a las que nos intenta circunscribir la profesión.
Artículo en el Journal of Traditional Building, Architecture and Urbanism
- Autores
- Aritz Díez Oronoz, Imanol Iparraguirre
- Tema
- El dibujo arquitectónico
- Año
- 2021